La historia se repite. Esta vez, con
un marco diferente. Ya no estamos en los años 40 de la Alemania nazi, ni en los
50 de la época del apartheid en los Estados Unidos. Las cosas han cambiado
mucho desde entonces. Ahora estamos en el siglo XXI, y todos los que hemos
nacido en las últimas décadas hemos tenido la suerte de ser hijos de una nueva
era. Una época llena de avance y de progreso.
En los últimos años se han escrito algunas de las páginas más importantes de la
Historia de la humanidad.
Han sido siglos de lucha lo que
nos ha permitido llegar al punto en el que nos encontramos hoy, gracias a muchas
personas que dieron su vida por defender sus principios hemos conseguido ser
ciudadanos libres. En realidad siempre lo fuimos, y al mismo tiempo nunca lo acabamos
de ser. Siempre lo fuimos porque el ser humano ha de ser libre por naturaleza.
Nunca lo hemos llegado a ser porque son demasiados los condicionantes que
tenemos a nuestro alrededor. ¿Vivimos en un mundo realmente libre? Permítanme
que diga, no lo tengo yo tan claro. Vamos a partir de la base de que sí, somos
hombres libres. Más que nada por no discutir. Lo último que pretendo en estos
momentos, y espero que ustedes comprendan, es ponerme a divagar sobre el
concepto de libertad. Hoy vengo a hablar de algo mucho más importante, si cabe,
que de libertad, hoy vengo a hablar de personas. Sí, han leído bien, personas. Con nombres y apellidos.
Personas como tú y como yo que tal vez no han tenido la suerte de nacer en el
mismo sitio que nosotros, y a consecuencia de ello, tan sólo por ese pequeño e
insignificante detalle, están siendo perseguidas por sus ideas y creencias. Personas
que están siendo asesinadas por su fe.
Supongo que se acordarán, hace ya
algunos meses atrás, del caso de la pakistaní Asia Bibi. La mujer que había
sido condenada a la horca en su país de origen por el mero hecho de ser
cristiana y negarse a convertirse al Islam. Durante varias semanas, la noticia
dio la vuelta al mundo y fueron muchas las organizaciones internacionales que
se movilizaron para conseguir la actuación diplomática necesaria que lograra
evitar semejante injusticia. Todavía hoy, cuatro años después, sigue entre
rejas, a la espera de que se ejecute su condena. No hemos vuelto a saber nada
de ella. Recordarán también, a poco que lean algo de lo que de vez en cuando menciona
de pasada la prensa internacional, la matanza de septiembre del año pasado en
Nigeria, a manos de un grupo musulmán radical. Acabaron con la vida de 142
personas. ¿Cuál fue su delito? Ser cristianos. Tan simple como eso. Con ese mismo criterio, podrían matarme a mí
también. Pero yo he tenido la gran suerte de nacer muy lejos de donde se
están produciendo todas esas atrocidades y salvajadas. Algo tan normal como es
acercarse a hacer una visita a cualquier iglesia o capilla, puede costarle la
vida a los miles de cristianos que, a lo largo y ancho del mundo, viven en
países donde son estigmatizados por tratarse de una minoría en sus lugares de
origen.

Mientras leía algunas de las
noticias sobre el tema, no podía evitar acordarme de la barbarie del holocausto
nazi, donde pasó exactamente lo mismo que está ocurriendo ahora, los judíos
murieron por el mero hecho de ser judíos. Hoy, cuando echamos la vista atrás al
último siglo de nuestra Historia, nos mostramos horrorizados ante lo que
ocurrió. Todos condenamos los atentados de Hitler sin darnos cuenta de que la
misma historia se está repitiendo, quizá de forma más discreta y soslayada.
Puede que nosotros no lo estemos viviendo en nuestras propias carnes, que nos
parezca algo puntual a lo que no hay que darle mayor importancia. No es así. El
hecho es el mismo; todos los días, están muriendo cristianos porque se niegan a
renunciar a sus creencias. Igual que les pasó a los judíos.
Mientras tanto, nosotros, los
ciudadanos libres del primer mundo nos rasgamos las vestiduras hablando de
derechos, libertad, dignidad del hombre, mientras observamos impasibles la
cruenta forma en que exterminan a nuestros hermanos en otras zonas del mundo. Y
es ahora cuando me pregunto, ¿hasta qué punto puede serme indiferente lo que
está ocurriendo ahí fuera? Si te consideras cristiano, con mayor motivo; pero déjame
decirte también, que esto no es una cuestión de creencias, ni siquiera se trata
de una cuestión de solidaridad. Es más que eso. Es una cuestión de principios y
valores, en definitiva, es una cuestión de humanidad.
Y claro que tiene que ver contigo. Conmigo también, por supuesto. No, en ningún
caso puede sernos indiferente, el sufrimiento del mundo nunca puede serlo.
Pero la pregunta más difícil no
es esa, ahora toca pensar, ¿qué puedo hacer yo para cambiar lo que está
sucediendo en el mundo? Si la pregunta ya tenía su aquél, más complicado resulta
responder a ella. Estamos viendo cómo las autoridades internacionales observan
lo que sucede en el mundo mientras permanecen sentados, sin mover apenas un
dedo para evitar que tragedias como esta se repitan; cómo los gobiernos se
desentienden de todo lo que pasa más allá de sus fronteras sin importarles lo
más mínimo las aberraciones que puedan sucederse en países donde violan constantemente
los derechos humanos. Cómo las propias Naciones Unidas tampoco acaban de tomar
cartas en el asunto determinando un plan de actuación que pueda, mediante vías
pacíficas como es evidente, asegurar la vida de las personas para que, al
menos, puedan vivir libremente siguiendo firmes en sus convicciones y
creencias. Las cifras son realmente escalofriantes: 10.000 cristianos
asesinados al año en diferentes regiones del mundo, según el último informe de
la Fundación FAES sobre la persecución de los cristianos en el siglo XXI. Con
estos datos, ¿podemos permitirnos quedarnos de brazos cruzados? La respuesta es
bastante clara. Debemos hacer lo posible por instar a que nuestros respectivos
gobiernos decidan tomar parte en el asunto y aúnen fuerzas entre sí para frenar
el exterminio al que están siendo sometidas miles de personas inocentes. Lo
mínimo que podemos hacer es difundir toda esta información, que se sepa lo que
está pasando ahí fuera, que se sepa que no sólo no están haciendo nada para
evitarlo sino que además, muchas veces ni siquiera nos llega toda la
información de lo que sucede. Que se sepa que si estas cosas no son noticia es
porque igual no interesa tanto que lo sea.
El pasado 2010, el juez musulmán
que condenó a Asia Bibi le ofreció la oportunidad de ser liberada siempre y
cuando se convirtiera al islam. Ella respondió: “Prefiero morir como cristiana antes que salir de prisión siendo
musulmana.” Ojalá yo fuera tan valiente como ella, ojalá yo fuera tan
valiente como todas las personas que han dado su vida por Aquel en quien
creían, ojalá yo tuviera una mínima parte de la fe que están teniendo todos
estos mártires del siglo XXI.
Tal vez a nosotros no se nos pida
tanto como a ellos. Puede que nuestra única misión consista en no hacer oídos
sordos y mirar para otro lado. Puede que desde donde estemos, nosotros también
podamos frenar esto. Al menos, poner algo de nuestra parte. Desde aquí todo mi
apoyo a los valientes que prefirieron morir antes que renunciar a Jesucristo.
Esta vez, va por ellos.
Miss Thatcher
PD: Tú también puedes contribuir con
tu granito de arena a la liberación de Asia Bibi, pincha en el link para firmar
la petición de indulto:
Aquí tenéis el informe de FAES que
ha hecho Javier Rupérez, miembro de la Real Academia de las Ciencias Morales y
Políticas: