miércoles, 4 de diciembre de 2013

En busca y captura

La historia se repite. Esta vez, con un marco diferente. Ya no estamos en los años 40 de la Alemania nazi, ni en los 50 de la época del apartheid en los Estados Unidos. Las cosas han cambiado mucho desde entonces. Ahora estamos en el siglo XXI, y todos los que hemos nacido en las últimas décadas hemos tenido la suerte de ser hijos de una nueva era. Una época llena de avance y  de progreso. En los últimos años se han escrito algunas de las páginas más importantes de la Historia de la humanidad.

Han sido siglos de lucha lo que nos ha permitido llegar al punto en el que nos encontramos hoy, gracias a muchas personas que dieron su vida por defender sus principios hemos conseguido ser ciudadanos libres. En realidad siempre lo fuimos, y al mismo tiempo nunca lo acabamos de ser. Siempre lo fuimos porque el ser humano ha de ser libre por naturaleza. Nunca lo hemos llegado a ser porque son demasiados los condicionantes que tenemos a nuestro alrededor. ¿Vivimos en un mundo realmente libre? Permítanme que diga, no lo tengo yo tan claro. Vamos a partir de la base de que sí, somos hombres libres. Más que nada por no discutir. Lo último que pretendo en estos momentos, y espero que ustedes comprendan, es ponerme a divagar sobre el concepto de libertad. Hoy vengo a hablar de algo mucho más importante, si cabe, que de libertad, hoy vengo a hablar de personas. Sí, han leído bien, personas. Con nombres y apellidos. Personas como tú y como yo que tal vez no han tenido la suerte de nacer en el mismo sitio que nosotros, y a consecuencia de ello, tan sólo por ese pequeño e insignificante detalle, están siendo perseguidas por sus ideas y creencias. Personas que están siendo asesinadas por su fe.

Supongo que se acordarán, hace ya algunos meses atrás, del caso de la pakistaní Asia Bibi. La mujer que había sido condenada a la horca en su país de origen por el mero hecho de ser cristiana y negarse a convertirse al Islam. Durante varias semanas, la noticia dio la vuelta al mundo y fueron muchas las organizaciones internacionales que se movilizaron para conseguir la actuación diplomática necesaria que lograra evitar semejante injusticia. Todavía hoy, cuatro años después, sigue entre rejas, a la espera de que se ejecute su condena. No hemos vuelto a saber nada de ella. Recordarán también, a poco que lean algo de lo que de vez en cuando menciona de pasada la prensa internacional, la matanza de septiembre del año pasado en Nigeria, a manos de un grupo musulmán radical. Acabaron con la vida de 142 personas. ¿Cuál fue su delito? Ser cristianos. Tan simple como eso. Con ese mismo criterio, podrían matarme a mí también. Pero yo he tenido la gran suerte de nacer muy lejos de donde se están produciendo todas esas atrocidades y salvajadas. Algo tan normal como es acercarse a hacer una visita a cualquier iglesia o capilla, puede costarle la vida a los miles de cristianos que, a lo largo y ancho del mundo, viven en países donde son estigmatizados por tratarse de una minoría en sus lugares de origen.



Mientras leía algunas de las noticias sobre el tema, no podía evitar acordarme de la barbarie del holocausto nazi, donde pasó exactamente lo mismo que está ocurriendo ahora, los judíos murieron por el mero hecho de ser judíos. Hoy, cuando echamos la vista atrás al último siglo de nuestra Historia, nos mostramos horrorizados ante lo que ocurrió. Todos condenamos los atentados de Hitler sin darnos cuenta de que la misma historia se está repitiendo, quizá de forma más discreta y soslayada. Puede que nosotros no lo estemos viviendo en nuestras propias carnes, que nos parezca algo puntual a lo que no hay que darle mayor importancia. No es así. El hecho es el mismo; todos los días, están muriendo cristianos porque se niegan a renunciar a sus creencias. Igual que les pasó a los judíos.

Mientras tanto, nosotros, los ciudadanos libres del primer mundo nos rasgamos las vestiduras hablando de derechos, libertad, dignidad del hombre, mientras observamos impasibles la cruenta forma en que exterminan a nuestros hermanos en otras zonas del mundo. Y es ahora cuando me pregunto, ¿hasta qué punto puede serme indiferente lo que está ocurriendo ahí fuera? Si te consideras cristiano, con mayor motivo; pero déjame decirte también, que esto no es una cuestión de creencias, ni siquiera se trata de una cuestión de solidaridad. Es más que eso. Es una cuestión de principios y valores, en definitiva, es una cuestión de humanidad. Y claro que tiene que ver contigo. Conmigo también, por supuesto. No, en ningún caso puede sernos indiferente, el sufrimiento del mundo nunca puede serlo.

Pero la pregunta más difícil no es esa, ahora toca pensar, ¿qué puedo hacer yo para cambiar lo que está sucediendo en el mundo? Si la pregunta ya tenía su aquél, más complicado resulta responder a ella. Estamos viendo cómo las autoridades internacionales observan lo que sucede en el mundo mientras permanecen sentados, sin mover apenas un dedo para evitar que tragedias como esta se repitan; cómo los gobiernos se desentienden de todo lo que pasa más allá de sus fronteras sin importarles lo más mínimo las aberraciones que puedan sucederse en países donde violan constantemente los derechos humanos. Cómo las propias Naciones Unidas tampoco acaban de tomar cartas en el asunto determinando un plan de actuación que pueda, mediante vías pacíficas como es evidente, asegurar la vida de las personas para que, al menos, puedan vivir libremente siguiendo firmes en sus convicciones y creencias. Las cifras son realmente escalofriantes: 10.000 cristianos asesinados al año en diferentes regiones del mundo, según el último informe de la Fundación FAES sobre la persecución de los cristianos en el siglo XXI. Con estos datos, ¿podemos permitirnos quedarnos de brazos cruzados? La respuesta es bastante clara. Debemos hacer lo posible por instar a que nuestros respectivos gobiernos decidan tomar parte en el asunto y aúnen fuerzas entre sí para frenar el exterminio al que están siendo sometidas miles de personas inocentes. Lo mínimo que podemos hacer es difundir toda esta información, que se sepa lo que está pasando ahí fuera, que se sepa que no sólo no están haciendo nada para evitarlo sino que además, muchas veces ni siquiera nos llega toda la información de lo que sucede. Que se sepa que si estas cosas no son noticia es porque igual no interesa tanto que lo sea.

El pasado 2010, el juez musulmán que condenó a Asia Bibi le ofreció la oportunidad de ser liberada siempre y cuando se convirtiera al islam. Ella respondió: “Prefiero morir como cristiana antes que salir de prisión siendo musulmana.” Ojalá yo fuera tan valiente como ella, ojalá yo fuera tan valiente como todas las personas que han dado su vida por Aquel en quien creían, ojalá yo tuviera una mínima parte de la fe que están teniendo todos estos mártires del siglo XXI. 

Tal vez a nosotros no se nos pida tanto como a ellos. Puede que nuestra única misión consista en no hacer oídos sordos y mirar para otro lado. Puede que desde donde estemos, nosotros también podamos frenar esto. Al menos, poner algo de nuestra parte. Desde aquí todo mi apoyo a los valientes que prefirieron morir antes que renunciar a Jesucristo.

Esta vez, va por ellos.


Miss Thatcher



PD: Tú también puedes contribuir con tu granito de arena a la liberación de Asia Bibi, pincha en el link para firmar la petición de indulto:


Aquí tenéis el informe de FAES que ha hecho Javier Rupérez, miembro de la Real Academia de las Ciencias Morales y Políticas: