No sé muy bien qué me pasa, debe ser que estoy
nostálgica o simplemente un poco harta de todo. Hoy me duele España. Me duele porque veo cómo día tras día
un atajo de sinvergüenzas están decididos a cargársela sin ningún tipo de
pudor, me duele porque hay gente que lo está pasando francamente mal, me duele
porque la época de crisis que estamos viviendo parece no tener fin y porque
estamos perdiendo los valores que tantos siglos nos ha costado inculcar. Me
duele porque nuestros representantes un buen día dejaron de velar por el bien
común y ahora estamos asistiendo al
principio del fin del sistema tal y como lo conocemos. También diré, que
esto último no me parece del todo mal, teniendo en cuenta como están las cosas.
Pero lo cierto es que me duele, y mucho, ver todo lo que está pasando. A fin de
cuentas, por mucha época de vacas flacas que estemos padeciendo, me duele
porque España es mi hogar.
Séneca dijo una vez aquello de que nadie ama a su patria por ser
grande, sino por ser suya. Y lo cierto es que el buen hombre no podía
tener más razón. Siempre he pensado que no tiene ninguna gracia la gente que
sólo se siente orgullosa de su país por los logros que cosecha. Después de todo, si has nacido en la primera potencia de mundo, no es nada difícil
sentirte orgulloso de pertenecer a ella. Simplemente no tendría ningún mérito. Pero
tampoco creo que lo tenga el que se sienta así sin ningún motivo, bueno sí, el
único motivo evidente es que es el sitio donde has nacido. Punto. Es como el
amor que siente un niño por su madre. Cuando éramos enanos, todos pensábamos
que la nuestra era la mejor madre del mundo, el caso es que nos daba igual que
no fuera perfecta porque para nosotros sí que lo era. Salvando las distancias,
creo que el sentimiento de amor a tu
país debería ser algo igual de natural. Lo antinatural de hecho es justo lo
contrario, que sin tener ningún motivo de peso directamente decidas odiar a tu
país o a todo lo que representa. Cuidado,
son cosas distintas. Pero no he venido a discutir lo más o menos patriotas
que deberían ser las personas. Cada cual que piense y haga lo que quiera, que
para algo somos libres, sólo faltaba. Lo que sí es importante y sí me preocupa
y sí quiero decir hoy aquí, es que todos
tenemos una responsabilidad para con la sociedad y en general, el mundo que
nos rodea. Al menos si nos tomamos un poco en serio la cosa, y evitamos esa
tendencia egoísta que tiene el ser humano de encerrarse en uno mismo y no mirar
más allá de su propio ombligo. Dicho esto, evidentemente y por cuestiones
prácticas, nuestro radio de actuación es al fin y al cabo el sitio donde
nacemos. Parece pues, bastante normal y razonable que uno se preocupe por las
cosas que ocurren a su alrededor. A fin de cuentas, el mayor castigo para quienes no se
interesan por la política, es que serán gobernados por quienes sí se interesan.
Las personas luchamos por las
cosas que queremos. Sufrimos por aquellos que nos importan. Y es precisamente
ese sentimiento el que nos hace levantarnos ante las injusticias o ante lo que
no nos gusta. Qué habría sido de nosotros si a lo largo de la Historia no
hubieran existido valientes que quisieron hacer de este mundo un lugar mejor.
Quisieron mejorarlo porque lo querían, nadie
da su vida por algo que no le gusta o en lo que no cree. Por eso creo sinceramente,
que aparte de ser anormal, es incluso dañino el no sentir ninguna clase de
apego por el lugar en el que se nace. ¿Qué tipo de motivación puede tener un
político para sacar adelante a un país en el que ni siquiera cree? ¿Cómo va a dirigir
una nación alguien que siente indiferencia total hacia los símbolos que a esta
representan? Digo indiferencia siendo generosa, pues sabemos de sobra que a algunos
de nuestros políticos les entran incluso arcadas cuando ven ondear una bandera
española. Es triste pero no por ello menos cierto. Luego sacarán la tricolor. Y
así, al no existir un sentimiento único y fuerte que sirva de unión al conjunto
de la sociedad dentro de un país, ocurre que cada uno vela por sus propios
intereses partidistas y personales, antes que por el bien común. Con todo esto,
no debería extrañarnos nada el panorama político desolador que se nos presenta
de aquí a los próximos años. Echemos un vistazo a lo que ocurre cuando pasa
todo esto.
Las últimas encuestas reflejan lo
inevitable y es que para echarle más leña al fuego, Podemos se sitúa como
primera fuerza política en intención de voto, por delante de los más que
consolidados PP y PSOE. Esto último no me desagrada, más bien todo lo
contrario. Me gusta que la sociedad se dé cuenta de que las cosas tienen que
cambiar y como saben, para poder cambiar
hay que dejar de hacer siempre lo mismo, votar a los mismos, dejar que
sigan robando los mismos. Estaría bien lo de dejar de robar en general, pero
eso de momento es demasiado pedir según parece. Bueno, a pesar de todo conviene
no resignarse. El problema que tenemos, es que la alternativa que se nos ofrece
no resulta nada tentadora. A mí la palabra
populismo, llámenme rarita, pero me
evoca a las repúblicas bananeras que encubren algunos de los estados más
autoritarios del mundo. Populismo barato vaya, que se vende bien, suena
mejor y promete el oro y el moro, pero que cuando llega al poder empobrece el
país para las próximas dos generaciones, eso si consigues echarlos a tiempo.
Con este panorama, no queda más
remedio que todo aquel que se considere español de bien se pregunte a quién
debe votar. ¿Y saben qué es lo más gracioso de todo? Que en un arrebato de
responsabilidad nacional, aquel español de bien que no quiere ver a España
sumida en la más absoluta miseria de un país comunista, piensa que para poder
salvar a la nación de ese resultado infame, debe votar, a su mucho pesar, de
nuevo, al PP. El partido primordialmente culpable de la situación en la que nos
encontramos y de la que es prácticamente imposible salir. Amén del apoyo gratamente
prestado por el PSOE. Sí, a ese mismo. No, en verdad no tiene ni pizca de
gracia. Cuánto apostamos a que más de uno irá a votar exclusivamente por esa
razón.
Reconozco que tengo ganas de ir a
votar con convicción. Tengo muchas ganas de ver en un político decente la
ilusión de sacar adelante a nuestro país, de utilizar como recurso las cosas
que nos unen antes que las diferencias que nos separan; de ver personas en
lugar de ciudadanos, o lo que es peor, meros contribuyentes. Creo
fervientemente que España necesita más
que nunca un Pacto de Estado, pero dicha misión, es imposible de llevar a cabo
hasta que no aparezcan nuevos líderes políticos con algo de sentido nacional y lo
que es más importante, algo de sentido común. Mientras tanto, nuestro país
seguirá siendo caldo de cultivo de la aparición de nuevas formaciones políticas
con sus milagrosas fórmulas estrella para salvar España, eso sí, sin
mencionarla, no vaya a ser que les tachen de fachas. Yo por mi parte prometo
que jamás votaré a un político que no sienta orgullo de ser español. ¿Qué
garantía puede ofrecerme alguien que ni siquiera quiere o respeta su propia
nación?
En momentos como este, me gusta
recordar esa frase que Otto Von Bismarck
dijo en su día; la nación más fuerte del mundo,
es sin duda España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha
conseguido. El día que dejen de intentarlo, volverán a ser la vanguardia del
mundo. Ojalá algún día no muy
lejano, podamos volver a ser lo que fuimos. Pero para eso nos lo tenemos que
creer antes nosotros. En nuestras manos está.
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