El mundo entero presta especial atención a lo que ocurre hoy en el Vaticano. A estas horas, los cardenales papables están reunidos en el Cónclave que elegirá a nuestro futuro Papa. Cómo no, hoy no se habla de otra cosa en las tertulias matutinas, y ya saltan algunos diciendo que la Iglesia necesita urgentemente reformarse y cambiar de actitud en algunos asuntos espinosos. Me sorprende la facilidad con que algunos contertulios y periodistas hablan de ello, como si fuera algo fácil y comprensible de hacer. Es lógico que la Iglesia deba adaptarse a los nuevos tiempos, igual que es lógico que se pida un mayor acercamiento a los jóvenes y al auténtico sentido del Evangelio pero, dicho esto, ¿hasta qué punto debe la Iglesia ceder a las exigencias de un nuevo mundo cada vez más perturbado y corrupto? Es indiscutible que debemos avanzar, como es normal, si no queremos quedarnos anticuados y alejarnos de la realidad mundana que nos rodea; pero en mi humilde opinión, hay límites que no se pueden superar. Si dejamos que la Iglesia se deje llevar por todo aquello que acontece en el mundo con el paso del tiempo, probablemente llegue un momento en que ésta llegue a ser totalmente irreconocible. No podemos pasar por alto algunas de las tradiciones que, a mi modo de ver, si dejaran de existir transformarían la Iglesia Católica en otra cosa diferente a la que es y por la que fue fundada.
La Iglesia debe modernizarse, eso por descontado, pero mucho cuidado; no vaya a ser que de tanto hacerlo nos pasemos de listos. Creo que es perfectamente compatible una buena reforma que ayude a acercar más la Iglesia a las personas, que a fin de cuentas es para lo que está, sin por ello renunciar a aquellas cualidades que forman parte de su propia esencia. Hay cosas que no se pueden cambiar porque son el núcleo duro de nuestra fe y lamentándolo mucho, siento tener que decir que al que no le guste tendrá que aguantarse. Es imposible contentar a todo el mundo. No renunciemos entonces a nuestros sellos de identidad como católicos que somos si después de todo, siempre habrá gente que nos critique.
La Iglesia no debe estancarse, entre otras cosas porque no se lo puede permitir, pero no me cabe duda alguna de que será capaz de hacer frente a todo lo que se proponga sin perder por ello su espíritu.
De momento la sede sigue vacante, ahora sólo nos toca esperar.
Miss Thatcher

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